
Los caballos relinchaban con nerviosismo extremo mientras los jinetes, en medio de la desesperación, adoptaban posturas similares a las de sus criaturas, gritando sus arengas de batalla unos contra otros. En medio del conflicto estaba Ricardo. Su caballo no era una bestia, sino una camioneta Hyundai, y no se encontraba en la última cruzada milenio. Estaba embotellado en el cruce de la avenida Javier Prado con Arenales.

Ante la impotencia de ver al policía de tránsito desinteresado en el bienestar del los cientos de conductores, Ricardo optó por violar la situación a punta de bocinazos. La reacción de los demás automóviles fue el esperado efecto dominó de la confianza. Todos los autos, como en un coro, gritaban desconsolados para tan solo andar sobre las pistas; su derecho como máquinas. El tombo seguía sin hacer caso a pesar de la protesta grupal, cosa que Ricardo entendió como un reto a la resistencia promulgada por tan instantánea revolución. Fue entonces que, de una forma épica tan similar a las historias fantásticas de la tele, las bocinas resurgieron con agónica fuerza. Todas sonando al unísono y haciéndose escuchar a cuadras de distancia, ante la mirada de sorpresa del policía, que pudo incluso visualizar el ruido aproximándose violentamente hacia él. Finalmente, y con el rabo entre las piernas, el representante de la autoridad cedió el pase a los victoriosos vehículos. Ricardo, agotado pero satisfecho, continuó su camino sin saber que cinco cuadras más adelante había una obra pública que desviaba el tránsito hacia una estrecha calle. Estrecha como las desilusiones.
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