9 dic 2009

Mr. Myolastan

Jacobo no dejaba de luchar contra la somnolencia. Aprisionado en sus pesadísimas frazadas estaba este carismático guachimán, sentado solitario en su sillita en plena calle residencial (No tenía la caseta de metro cuadrado que cualquier vigilante de San Borja merece). Ya eran las dos de la mañana y había utilizado el frío como recurso para evitar el caer en los brazos de Morfeo, sin embargo esas mantas que cubrían su cuerpo ya lo habían aclimatado con calidez. Era ya casi imposible resistirse a la tentación.
A unos metros de distancia de Jacobo, en dirección a los cielos, la señora Aurora tenía dificultad para encontrar al sueño. Justo cuando este estaba yaciendo sobre sus antebrazos, huyó ante el menor descuido, dejándola sola. Aurora recordó repentinamente cosas que hacía unas horas procuró no recordar. Luego de proponerse recapturar la rutina nocturna de los ronquidos, estos surgieron inesperadamente, solo que su procedencia era ajena a ella. Eran estruendosos y ásperos, terrajando las paredes y destruyendo su paciencia. “Quién ronca así, caracho”. Al sacar la cabeza por la ventana de su habitación, dejándose guiar por el origen del disturbio sonoro, la señora Aurora dirigió la mirada hacia abajo, en la vereda, donde para su no tan sorpresiva concepción se encontraba Jacobo, roncando con frescura en su sillita y en una posición violenta para los ojos de buenas costumbres. Dejándose llevar por la situación y por la libertad brindada por no haber tomado su Myolastan (Recetada por su psiquiatra), no dudó en coger la primera maceta sin flores y arreglar el asunto. Luego de arrojar sus frustraciones por la ventana, Aurora se dirigió hacia su cama, donde el sueño esperaría desnudo por ella. La tranquilidad volvió aquella noche en el octavo piso del Edificio “Los Geranios”, en San Borja.

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