17 dic 2009

Yo recibí un disparo y tú no

Yo una vez recibí un disparo. ¿Es raro, no? Te estás preguntando seguramente ¿Por qué él, que es un estudiante universitario tan común y ordinario? ¿Por qué ese individuo de pantalón holgado y zapatillas Umbro? La verdad es que no tengo ni la más mínima idea del porqué alguien tan desapercibido como yo, tanto como un actor extra del segmento de la escuelita del “Chavo del 8”, recibió un disparo de una Sig-Sauer P220.
Toda la cuestión empieza desde el amanecer de ese 25 de Noviembre, en pleno apocalipsis de exámenes finales en la Universidad (de Lima). Para ese entonces, mis agallas se encontraban saturadas de incólumes tópicos de cursos incomprensibles, llenos de verborrea insoportable y con la violencia digna de un pirañita sin esperanza de salvación. Todo estaba por la mierda y yo quería llorar. También quería prender un wiro y fumar con Alonso, pero tales fantasías coloquiales se veían imposibles para mí. La rutina empezaría con las lecturas sobre el concepto de realidad de Platón, para luego ceder la posta a la realidad nacional. Pero al imaginar las pequeñas letras y la no concordancia (Para mi subdesarrollada capacidad de comprensión lectora) en el empleo de los conectores, saboteaba mi voluntad con brutalidad. Quería gritar fuerte “Carajo mierda conshasumadre!”, así, sin comas y sin el uso correcto de otros patrones ortográficos. Ante esa holgazanería épica, opté por una estrategia. Hacer del estudio algo agradable. Y claro, eso no era algo tan exigente. La primera cosa que se me ocurrió en el desarrollo de ese plan fue el consumo de Coca Cola. Dicha bebida genera en mí placer cada vez que la bebo, motivando a mi bioquímica cerebral a engendrar endorfinas (Sustancia de la felicidad) asi como se reproducen los cuyes cuando se intoxican con viagra.
Bueno, de ahí decidí salir de mi casa rumbo al grifo donde podía comprar un combo de dos litros y medio de “Coca” con una bolsa enorme de Piqueo Snax. Recordaba haber visto ese combo, ya que una semana antes había ido a ese grifo para hacer una recarga virtual de Claro de veinte soles. Al llegar a Repsol el reloj marcaba tan solo un generoso dos en punto, abanicado por la brisa sexy de la primavera y los cláxones amistosos de los conductores. Al entrar a la tienda, el show comenzó. Fue tan interesante aquella escena, que la narraré en el párrafo siguiente.
No comprendí en primera estancia la prisa que llevaban esa par de gorditas que salieron corriendo; tampoco me percate del nerviosismo de la cajera que, a seis metros de mi persona, estaba enfrentando la muerte por primera vez en su mediocre vida (supongo, solo supongo). Entonces fue aquí, que con bebida y golosina en mano estaba yo, detrás de un individuo que gritaba enérgico a la cajera para que esta sea más rápida en su hacer. La chica se veía muy nerviosa y mi lento procesamiento mental comenzó a funcionar: Estoy en un asalto. Para cuando me di cuenta recién de tan sobresaliente situación, me dispuse a retirarme, pero llegaron estos uniformados. Irresponsables y en su mayoría gordos, como los tombos gringos de la tele.
“¡Arriba las manos carajo!”
Eran cinco y entraron con agresividad espartana. Enseguida el malhechor soltó el arma de fuego y levantó las manos. Que cobarde. No solo tuve la mala suerte de toparme con un crimen cliché de los diarios chicha, sino que también tuve el infortunio de coincidir con un asaltante cobarde y estúpido. Dicho personaje levantó las manos dejando caer la pistola, que al colisionar con el suelo, activó automáticamente la “corredora”, disparando en el acto a mi tobillo derecho. No te imaginas como ardía. Estoy seguro de haber sentido un dolor similar o más fuerte al que sienten las mujeres al traer bebés al mundo. La herida emanó sangre descontroladamente mientras yo yacía en el suelo llorando, pues estaba seguro que me iba a morir. ¡Y esos policías que me socorrían con lentitud!, los puteé como nunca en mi vida, dejando salir la inmensa cantidad de frustraciones, entre ellas, la imposibilidad mía para llevar a cabo mi plan de estudio tranquilo con Coca Cola y Piqueo Snax.

15 dic 2009

Triste pero cierto

Los caballos relinchaban con nerviosismo extremo mientras los jinetes, en medio de la desesperación, adoptaban posturas similares a las de sus criaturas, gritando sus arengas de batalla unos contra otros. En medio del conflicto estaba Ricardo. Su caballo no era una bestia, sino una camioneta Hyundai, y no se encontraba en la última cruzada milenio. Estaba embotellado en el cruce de la avenida Javier Prado con Arenales. Ante la impotencia de ver al policía de tránsito desinteresado en el bienestar del los cientos de conductores, Ricardo optó por violar la situación a punta de bocinazos. La reacción de los demás automóviles fue el esperado efecto dominó de la confianza. Todos los autos, como en un coro, gritaban desconsolados para tan solo andar sobre las pistas; su derecho como máquinas. El tombo seguía sin hacer caso a pesar de la protesta grupal, cosa que Ricardo entendió como un reto a la resistencia promulgada por tan instantánea revolución. Fue entonces que, de una forma épica tan similar a las historias fantásticas de la tele, las bocinas resurgieron con agónica fuerza. Todas sonando al unísono y haciéndose escuchar a cuadras de distancia, ante la mirada de sorpresa del policía, que pudo incluso visualizar el ruido aproximándose violentamente hacia él. Finalmente, y con el rabo entre las piernas, el representante de la autoridad cedió el pase a los victoriosos vehículos. Ricardo, agotado pero satisfecho, continuó su camino sin saber que cinco cuadras más adelante había una obra pública que desviaba el tránsito hacia una estrecha calle. Estrecha como las desilusiones.

14 dic 2009

6 pies bajo tierra

Luis era educado, bien vestido, guapo y de pose garbosa. Su porte físico se prestaba para la elaboración del molde de un maniquí destinado a la exhibición de calzoncillos de marca mientras que la lucidez de sus palabras y esa facilidad única para expresarse definían en él un aura de superioridad total. Tenía veintinueve años.
Su mujer, adversamente al resplandor que el yupi miraflorino emitía, transcurría desapercibida en multitudes pequeñas de no más de cinco personas, toda ella recatada como si todavía fuese esa soltera que en algún momento fue. Pero para ella no había problema, pues era la mujer de Luis y eso era suficiente.
En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo. Luis tenía una suegra. Muy caprichosamente esta, quebrantaba la naturalidad hogareña formando una clase de santa trinidad prepotente; no presumía ni una cuota mínima de belleza en ninguna expresión. Más bien, su bigote insultaba a la decencia y al buen gusto a los que Luis estaba acostumbrado. Él no experimentó nada de violencia en su formación espiritual, cimentada a partir de las lecciones espirituales de Deepak Chopra. Pero esa vibra invasiva y evangélica ya le hacía tiritar la paciencia. Por eso le regaló por el cumpleaños del año pasado ese lote en “Los Jardines de la Paz”, como adelantando un evento que parecía nunca llegar. Ante ese presente, la suegra de Luis tan solo esbozó una sonrisa de simpatía fingida y le estampo un beso en la mejilla, dejándole la huella de un lápiz labial barato. Este año, la suegra cumplió otro año más de desagradable existencia, lo cual fue obviamente homenajeado con parafernalia anticuada. Miles de señoras similares a ella desfilaron con sus típicos olores extraños. Todas ellas arrastrándose en el suelo por la cumpleañera, que en otro evento similar, cambiaría su rol de reina por el de arrastrada. Ante tanta parafernalia, Luis acudió con la máxima conchudez del mundo. Máxima conchudés por las ganas de sabotear toda felicidad para más infeliz vieja asquerosa, sabotearla por todo el tiempo que lleva ahí entrometiéndose en su felicidad, en la tranquilidad de la rutina. No llevó regalo y tampoco sonrisas, para así destruir al monstruo. ¿Su esposa? Indiferente a la situación. Arbitraria. ¿Será posible que la horripilación sea capaz de debilitar el lazo instintivo entre madre e hija?

Llegó el momento del cara a cara.
-Luisito, papito lindo ¿qué me has traído ahora?-
-Nada…-
-Cómo papi, te olvidaste de mi onomástico, el estrés en la empresa-. La suegra de Luis dijo mientras ordeñaba risas plásticas.
-Cómo quieres que te traiga un regalo si todavía no usas el que te regale el año pasado-. Dijo Luis sin cobardía, mientras la vieja buscaba un índice de arrepentimiento en su rostro.

11 dic 2009

Por lo alto y bajo

Antes de ir rumbo a la reunión de socios de Buena Fortuna Corporations, Néstor observó el cielo y le imploró con lágrimas invisible que algo suceda para que se evite lo inminente. Para él, la reunión de socios no era algo más que la congregación perfecta para matar el entusiasmo. Mejor era ante todo el quedarse en casa y repasar por televisión las mejores jugadas de La Euro Champions League y liberar ventosidades desagradablemente agradables mientras Margarita, su esposa, se ensimisma en su tesis, liberando al hombre de toda presión marital. Pero no. Esa tarde, la obligación lo llamaba a gritos como si fuese otro hombre mediocre de camisa y corbata del mundo pos moderno. Néstor era uno de esos.
Al llegar al lobby de la empresa, el panorama cambió por completo. Ante su vista, se percato de la presencia de los individuos de etiqueta más mediocre que él, echando miradas antipáticas a sus colegas; la secretarias de treinta años y meticulosas como monjas drogadas; y el ascensorista cuya naturaleza humana no se deja de poner en duda. Todos estaban ahí a excepción de los seres que irradian luz e intimidas a los individuos más ínfimos: Los socios inversionistas de peso pesado. Todavía sosteniendo el maletín con la mano derecha y de pie en el umbral del ascensor, Néstor atinó a preguntar a uno de los seres ínfimos el porqué de la ausencia de los peces gordos.
-Hey, dime. ¿Los socios no han llegado todavía?-
-No (…) no señor Bedoya. La reunión está programada para el juves de la próxima semana. Pensé que Jessica le había informado…-. Respondió el ínfimo mientras desviaba la mirada consecutivamente hacia el suelo.
-Okey, está bien. Sigue con lo tuyo, yo me…-. No era necesario terminar la oración completa, no era importante. Tras dar media vuelta, Néstor entró al ascensor, mientras agradecía a la vida y al cielo.

10 dic 2009

El Pollito

Era 1989 y el apagón se apoderó de Jesús María por completo. La negrura de la noche se encontraba sazonada por el grito de las sirenas que auguraban intranquilidad. Yo era un bebé, y estaba seguro que aquella noche, nada me iba a molestar. Era un pollito en un gallinero de Afganistán.

9 dic 2009

Mr. Myolastan

Jacobo no dejaba de luchar contra la somnolencia. Aprisionado en sus pesadísimas frazadas estaba este carismático guachimán, sentado solitario en su sillita en plena calle residencial (No tenía la caseta de metro cuadrado que cualquier vigilante de San Borja merece). Ya eran las dos de la mañana y había utilizado el frío como recurso para evitar el caer en los brazos de Morfeo, sin embargo esas mantas que cubrían su cuerpo ya lo habían aclimatado con calidez. Era ya casi imposible resistirse a la tentación.
A unos metros de distancia de Jacobo, en dirección a los cielos, la señora Aurora tenía dificultad para encontrar al sueño. Justo cuando este estaba yaciendo sobre sus antebrazos, huyó ante el menor descuido, dejándola sola. Aurora recordó repentinamente cosas que hacía unas horas procuró no recordar. Luego de proponerse recapturar la rutina nocturna de los ronquidos, estos surgieron inesperadamente, solo que su procedencia era ajena a ella. Eran estruendosos y ásperos, terrajando las paredes y destruyendo su paciencia. “Quién ronca así, caracho”. Al sacar la cabeza por la ventana de su habitación, dejándose guiar por el origen del disturbio sonoro, la señora Aurora dirigió la mirada hacia abajo, en la vereda, donde para su no tan sorpresiva concepción se encontraba Jacobo, roncando con frescura en su sillita y en una posición violenta para los ojos de buenas costumbres. Dejándose llevar por la situación y por la libertad brindada por no haber tomado su Myolastan (Recetada por su psiquiatra), no dudó en coger la primera maceta sin flores y arreglar el asunto. Luego de arrojar sus frustraciones por la ventana, Aurora se dirigió hacia su cama, donde el sueño esperaría desnudo por ella. La tranquilidad volvió aquella noche en el octavo piso del Edificio “Los Geranios”, en San Borja.

8 dic 2009

Sfillün

( ) se encontraba confundido en su cabina espacial. No dejaba de preguntarse cuál era el sentido de las palabras que [*] le había transmitido a través del railer. Sumido en su simplesa a la que estaba acostumbrado desde antes de su criogenización, no dejaba de meditar respecto a lo que debía hacer. “No Descargues los {K} sobre el shuegen de siempre, ese ya se sobrecargó. Hazlo sobre uno nuevo”. ( ) no dejaba de arrepentirse de su maldita suerte y la vida que le tocó para descargar todo el {K} de los demás. Pero finalmente, influido por la frustración resentida que incluso algunos terrícolas experimentan en sus insensibles almas, decidió de una vez deshacerse de toda hostilidad sobre sus responsabilidades con forzada despreocupación. El pequeño puso en marcha su cabina para ir en busca de un nuevo shuegen libre de desperdicios orgánicos.
Luego de recorrer varios fillen de distancia, ( ) no pudo evitar detener el vehículo para observar con claridad algo del que no estaba seguro si de verdad había observado debido a la velocidad en la que viajaba. Era un shuegen, pero ¿De verdad lo era?. Este era azul y con nubosidades claras. Su textura era muy particular, pues la masa superficial era delimitada en pedasos rodeados todos estos por una extraña capa ligera, tan azul que tan solo podía ser vista en fantasías. Era hermoso y embelezante. Para ( ), encontrar aquel shuegen En medio de la oscuridad espacial que ceñía su vida en depresión, dejándolo sin oportunidad alguna de soñar, era un claro mensaje de esperanza. Era como si le dijera que todo iba a estar bien, como si su criadora le acariciara el lushen con amor y le susurrara entonaciones cristalinas ensoñadoras. Qué hermoso. “No le contaré a nadie de este paraíso azulado” se dijo a si mismo. Para asegurarse de volver ante ese hermosa vista, ( ) apuntó el descargador hacia el shugen del que se acababa de enamorar, y disparó todo el {K} en dirección hacia este, yendo lento con dirección fija. La vida cambió para el pequeño. Desde aquella vez, volvería siempre al mismo lugar, a la misma hora, para descargar todos los desperdicios orgánicos, solo que desde ahora, sería con una enorme sfillün en el razrumm, dejando ver la alegría que nunca antes había ganado.

7 dic 2009

Barruchi

Luego de que Héctor recibiera la llamada de Javier aquella noche primaveral, sus expectativas sobre la juerga a realizarse crecieron inmensamente. Tal fue la motivación suya que canceló toda planificación relacionada a los videojuegos y a las noches solitarias del cyberamor superficial. La noche sería de Héctor, siendo tan memorable que serviría de recurso para compartir anécdotas entretenidas con los amigos. Estos dirían “¡Tremendo Héctor! Que paja”.
Es entonces, que tras aplicarse bondadosas capas de gel en el cabello; efusivos disparos de colonia barata; y guardar una barra de halls en el bolsillo, Héctor se disponía a salir a la calle ennegrecida por la oscuridad para aventurarse en la avenida y tomar el taxi cuyo chofer posea el rostro menos criminal posible. Todo bien, todo fresco.
Por no más de ocho soles, un trujillano amable y nada hablador transportó al adolescente a Barranco, donde la fiesta se desarrollaría al son del reggaetón y los sensuales movimientos pélvicos de las chicas maquiavélicas. A eso de la medianoche, el boulevard presentaba el panorama familiar al cual Héctor no estaba acostumbrado del todo. Pirañitas, pastrulos, drogadictos, rateros, calentonas y alemanes, pero ni un rastro de Javier. Fiel a su paciencia, se propuso un límite de treinta minutos. “Si esta noche va a estar buenísima, tendré que al menos dar mi cuota y esperar a que mi pata llegue ¿no?”A unos cinco kilómetros de distancia, Javier tomaba unas cervezas con sus patas del cole en la sala de su casa, festejando el cumpleaños de Miguel, cagándose de risa de las casacas “Barruchi” de Héctor y su dificultad para entablar conversaciones prolongadas con chicas no tan bonitas.

4 dic 2009

La mirada perdida

La mirada perdida; las manos entrelazadas entre si y manifestando poco ortodoxos ademanes; la ropa percudida, bamba, fea; el cabello eléctrico; el pantalón de buzo plomo más vendido de Gamarra; las sandalias marca Mike. “Que pedazo de receta habría preparado la vida para crear a tremenda criatura” pensó Gianfranco al ver a la desaliñada mujer aproximándose hacia él en la acera pública. La horripilación que le generaba era incomparable e invadía su mente como una invasión de pesadez destinada a quedar victoriosa sobre sus anhelos. Ante ese desastre, los recursos eran limitados para el joven Gianfranco. Si terminaba optando por caminar hacia la vereda de enfrente podría evitar la desagradable experiencia de cruzar camino con este ser, pero esa opción terminaría costándole esfuerzo en sortear correctamente su vida para evitar ser arrollado por una couster. Sin dar excesivas vueltas al asunto, la decisión final radicó en el viejo truco de apuntar la mirada a cualquier sector del campo visual procurando evitar el contacto con el rostro del individuo. ”Yo puedo hacer eso”. Gianfranco, sin embargo, no pudo con tan simple estrategia y el morbo le ganó. Tras verle el rostro a la desafortunada muchachita, sus pensamientos (sentimientos) se mixturizaron unos con otros generando confusión. La miserable le había sonreído.

3 dic 2009

La supervivencia

Milka ya se encontraba rebuscando los inexistentes rincones de su bolsillo cuando el cobrador del micro ya se le aproximaba para cobrarle un sol correspondiente a la tarifa privilegiada que el ser estudiante universitario le otorgaba: 20 céntimos ahorrados que servirían para comprar un rico puchito en el kiosco. Sin embargo, conforme mas descartaba la posibilidad de encontrar una moneda por ahí, andando prepotente por algún lugar, más temía la idea de tener que enfrentar a este individuo que a lo mejor guardaba un historial criminal registrado en una hoja amarillenta en la comisaría de Zarumilla.
Para cuando el cobrador se encontraba ya delante de ella, y sin la noción alguna de que no recibiría una moneda, Milka dejó fluir la situación con naturalidad a pesar de la incomodidad que le generaba la situación.
- Mira, me he olvidado mi plata, no tengo….-
- Su pasaje señorita…-
- No tengo, me he olvidado mi plata…-

Sin dar réplica alguna, el cobrador hizo detener el autobús e invito indiferentemente a la muchachita a bajar del vehículo. Milka no dudo en comprarse una caja de Marlboro rojo en el primer kiosco de la acera. Tampoco llevaba brasier.

2 dic 2009

4 - 0


El 12 de Octubre de 1997 fue recibido con mucho optimismo por los peruanos. Convencidos estos de su bienaventuranza, reservaron aquella noche para el jolgorio y la algarabía que serviría de regocijo ante los vientos de victoria que soplarían desde el sur, desde Santiago de Chile, donde la selección peruana de fútbol completaría un último escaño para su clasificación para el mundial de Francia. En esa misma noche, un pequeño individuo de no más de ocho años y con ilusiones más grandes que sus fantasías, no despegaba la mirada de un televisor JVC en un hogar de clase media de Jesús María. Desafortunadamente, esa inocente mirada no se desvío de la pantalla durante los 90 dolorosos minutos donde cuatro goles chilenos eliminaron millones de esperanzas. Ocho años y presenciar tremenda derrota significó no solo dolor, sino también lealtad a una identidad nutrida principalmente de un factor: “Yo no soy del equipo de ellos, yo tengo mi propio equipo. Mi equipo perdió. No me gusta el equipo que nos ganó”.
Ya han pasado más de diez años y todo cambió. ¿Qué es de mi equipo?.