7 dic 2009

Barruchi

Luego de que Héctor recibiera la llamada de Javier aquella noche primaveral, sus expectativas sobre la juerga a realizarse crecieron inmensamente. Tal fue la motivación suya que canceló toda planificación relacionada a los videojuegos y a las noches solitarias del cyberamor superficial. La noche sería de Héctor, siendo tan memorable que serviría de recurso para compartir anécdotas entretenidas con los amigos. Estos dirían “¡Tremendo Héctor! Que paja”.
Es entonces, que tras aplicarse bondadosas capas de gel en el cabello; efusivos disparos de colonia barata; y guardar una barra de halls en el bolsillo, Héctor se disponía a salir a la calle ennegrecida por la oscuridad para aventurarse en la avenida y tomar el taxi cuyo chofer posea el rostro menos criminal posible. Todo bien, todo fresco.
Por no más de ocho soles, un trujillano amable y nada hablador transportó al adolescente a Barranco, donde la fiesta se desarrollaría al son del reggaetón y los sensuales movimientos pélvicos de las chicas maquiavélicas. A eso de la medianoche, el boulevard presentaba el panorama familiar al cual Héctor no estaba acostumbrado del todo. Pirañitas, pastrulos, drogadictos, rateros, calentonas y alemanes, pero ni un rastro de Javier. Fiel a su paciencia, se propuso un límite de treinta minutos. “Si esta noche va a estar buenísima, tendré que al menos dar mi cuota y esperar a que mi pata llegue ¿no?”A unos cinco kilómetros de distancia, Javier tomaba unas cervezas con sus patas del cole en la sala de su casa, festejando el cumpleaños de Miguel, cagándose de risa de las casacas “Barruchi” de Héctor y su dificultad para entablar conversaciones prolongadas con chicas no tan bonitas.

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