Si bien ya han pasado dos décadas desde que vi los primeros episodios de este clásico western televisivo por canal cinco, creo yo que mi afición por la aventura de balaceras se vio cimentada con la necesidad de alimentar mis alicaídos ahorros financieros. ¿Es una excusa?, claro que la es, y me gusta mentir, mentir para hacer lo que más me gusta. ¿Qué sería de mi vida si no siento el ritmo cardiaco acelerándose tan cocainómanamente? ¿Qué sería de mi si no existiesen los bancos? ¿Qué sucedería conmigo si no habría policías? Para eso nací, para ser libre. Para ser libre y para amar. Y para ser infiel.
Todos lo somos. Jesús dijo que el que esté libre de toda culpa lance la primera piedra. Sin embargo, yo te digo que el que no tiene culpa no tendría ninguna oportunidad de ser feliz, sino de apilar números pasados de revistas Atalaya por los cortos años que se burlan de nuestra inocencia. No sexo, no lujuria, no alcohol, no balas. Infelicidad. Pero yo amo el pecado, y le soy infiel a la vida y a mi amor por las balas. “Le hago el amor a la música mientras mi SIG-Sauer P220 se queda en mi humilde hogar de Zarumilla lavando los platos y preparándole el lonche a los niños.” Las notas distorcionadas que emiten los viejos grandes de la cumbia tales como Los Destellos, los mirlos y mis idolatrados Diablos Rojos, son fuente de inspiración para el desarrollo de mis composiciones con mi orquesta, donde canto y lanzo miradillas coquetas a las muchachitas soñadoras y cuerponas. De eso se trata la cumbia, de disparar a matar. Como el Gran Chaparral, quien de seguro, de haber vivido en la década de los ochenta, hubiese sido el líder de alguna agrupación de chicha monumental arropada de psicodélicos adornos fosforescentes. Disparando a los apaches, defendiendo sus tierras sintiendo el placer de la violencia mientras una tal Jennifer le guiña el ojo.
De día asalto bancos en el populoso distrito de zarumilla en el cono norte; De noche canto con mi orquesta “Los Sabrosos del amor” en fiestas populares en el cono norte. Alguna de mis víctimas me verá cantar, y no sabrá que fui yo quien le adulteró la tranquilidad de su rutina.



