20 feb 2010

Piuranitas Hot House

Las frustraciones no eran cosa del ayer para Márquez. Su mayor problema aparentaba ser su fracaso en el arte de la seducción de mujeres. Sin embargo, desde una perspectiva más profunda y analítica, Armando sufría del síndrome del miedo. Se cagaba de miedo en situaciones nada exigentes de la vida. Una vez, recuerda el encorvado individuo con vergüenza, estuvo cerca de asegurarse una noche carnal y pasajera con una rechoncha y atractiva mujer fácil, pero fue justo por su deficiencia de confianza que su plan falló gracias al desagradable olor que despedían sus axilas.
Miedo y desconfianza eran rasgos que hacían de Márquez el perdedor estereotipado que a todos nos agrada y nos hace sentir superiores. En una tarde de verano, posterior al año nuevo que tan solitariamente celebró con la compañía de sus personajes de World of Warcraft, que sus emociones se vieron retroalimentadas de satisfacción. Márquez había tomado la decisión de perder la virginidad. No fue muy difícil para él encontrar la casa de compañía donde el podría por fin hacer el amor con una mujer que fornicaría un billete de cincuenta soles. Para dar con tal servicio, tan solo tuvo que comprar un diario popular en el quiosco de su barrio, pues él recordaba muy bien que entre avisos publicitarios de chamanes y de medicinas milagrosas, se encontraba el número de Miluska. Su generosa talla de brasier y su tez de piel blanca auguraban, junto a su novel adultez de dieciocho años, una sesión sexual de convulsión nuclear y holocausto libertino. Márquez ya tenía el teléfono en la mano, procurando no temblar y animándose a si mismo con las palabras alentadoras que en algún momento leyó en un libro de Ricardo Belmont.
Parecía musiquita el sonido emitido por los botones del teléfono. Para cuando Márquez terminó de digitar los siete números, tuvieron que pasar apenas tres segundos para que la línea receptora comenzara a timbrar paulatinamente por lapsos de cuatro segundos y con pausas de dos.
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“Aló mi amor”.
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Márquez se quedó helado. Con un reflejo parasimpático colgó, y nunca jamás volvió a llamar.