14 dic 2009

6 pies bajo tierra

Luis era educado, bien vestido, guapo y de pose garbosa. Su porte físico se prestaba para la elaboración del molde de un maniquí destinado a la exhibición de calzoncillos de marca mientras que la lucidez de sus palabras y esa facilidad única para expresarse definían en él un aura de superioridad total. Tenía veintinueve años.
Su mujer, adversamente al resplandor que el yupi miraflorino emitía, transcurría desapercibida en multitudes pequeñas de no más de cinco personas, toda ella recatada como si todavía fuese esa soltera que en algún momento fue. Pero para ella no había problema, pues era la mujer de Luis y eso era suficiente.
En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo. Luis tenía una suegra. Muy caprichosamente esta, quebrantaba la naturalidad hogareña formando una clase de santa trinidad prepotente; no presumía ni una cuota mínima de belleza en ninguna expresión. Más bien, su bigote insultaba a la decencia y al buen gusto a los que Luis estaba acostumbrado. Él no experimentó nada de violencia en su formación espiritual, cimentada a partir de las lecciones espirituales de Deepak Chopra. Pero esa vibra invasiva y evangélica ya le hacía tiritar la paciencia. Por eso le regaló por el cumpleaños del año pasado ese lote en “Los Jardines de la Paz”, como adelantando un evento que parecía nunca llegar. Ante ese presente, la suegra de Luis tan solo esbozó una sonrisa de simpatía fingida y le estampo un beso en la mejilla, dejándole la huella de un lápiz labial barato. Este año, la suegra cumplió otro año más de desagradable existencia, lo cual fue obviamente homenajeado con parafernalia anticuada. Miles de señoras similares a ella desfilaron con sus típicos olores extraños. Todas ellas arrastrándose en el suelo por la cumpleañera, que en otro evento similar, cambiaría su rol de reina por el de arrastrada. Ante tanta parafernalia, Luis acudió con la máxima conchudez del mundo. Máxima conchudés por las ganas de sabotear toda felicidad para más infeliz vieja asquerosa, sabotearla por todo el tiempo que lleva ahí entrometiéndose en su felicidad, en la tranquilidad de la rutina. No llevó regalo y tampoco sonrisas, para así destruir al monstruo. ¿Su esposa? Indiferente a la situación. Arbitraria. ¿Será posible que la horripilación sea capaz de debilitar el lazo instintivo entre madre e hija?

Llegó el momento del cara a cara.
-Luisito, papito lindo ¿qué me has traído ahora?-
-Nada…-
-Cómo papi, te olvidaste de mi onomástico, el estrés en la empresa-. La suegra de Luis dijo mientras ordeñaba risas plásticas.
-Cómo quieres que te traiga un regalo si todavía no usas el que te regale el año pasado-. Dijo Luis sin cobardía, mientras la vieja buscaba un índice de arrepentimiento en su rostro.

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